Un año después, Trump está fracturando el orden global

Un año después de regresar a la Casa Blanca, el presidente Donald Trump ha alterado de manera profunda la estructura, el tono y los supuestos del orden global. Aliados, adversarios, mercados e instituciones internacionales están ajustándose —muchas veces con incomodidad— a un mundo en el que normas consolidadas durante décadas están siendo reescritas a gran velocidad. Lo que en su momento parecía simple retórica de campaña se ha transformado ahora en cambios de política concretos con consecuencias de largo alcance.

Desde el comercio y la seguridad hasta la diplomacia y la gobernanza global, el segundo mandato de Trump está acelerando una transición que se aleja del sistema internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial, el mismo que Estados Unidos ayudó a construir y liderar durante décadas. Este artículo analiza cómo, a un año de su regreso al poder, el liderazgo de Trump está reconfigurando el orden global, los mecanismos detrás de esta transformación y lo que esto significa para el mundo en adelante.

Una ruptura con el consenso de la posguerra

Durante décadas, la política exterior de Estados Unidos se apoyó en un amplio consenso bipartidista: respaldo a las alianzas, a las instituciones multilaterales, a los marcos de libre comercio y a la idea de que el liderazgo estadounidense contribuía a la estabilidad mundial. El retorno de Trump al poder ha marcado una ruptura clara con ese enfoque.

En lugar de presentarse como garante de la estabilidad global, la administración ha priorizado relaciones transaccionales. Las garantías de seguridad, el acceso comercial y el respaldo diplomático se plantean cada vez más como condicionales, sujetos a beneficios inmediatos más que a alineamientos estratégicos de largo plazo.

Este cambio ha inquietado a aliados que durante años consideraron los compromisos de Estados Unidos como duraderos y previsibles. Tanto en Europa como en Asia, los gobiernos ya se preparan para un escenario en el que el apoyo de Washington no es automático.

Alianzas bajo presión

Quizás el impacto más visible del segundo mandato de Trump sea la tensión sobre las alianzas tradicionales.

En Europa, la OTAN sigue existiendo formalmente, pero su cohesión política se ha debilitado. Las reiteradas exigencias de Trump para que los aliados incrementen de forma drástica su gasto en defensa, junto con su negativa a reafirmar con claridad los compromisos de defensa colectiva, han sembrado dudas sobre la capacidad real de la alianza para responder ante una crisis grave.

Como respuesta, varios gobiernos europeos están acelerando los debates sobre autonomía estratégica. La cooperación en defensa dentro de la Unión Europea gana impulso, ya no solo como complemento de la OTAN, sino cada vez más como un seguro frente a la imprevisibilidad de Estados Unidos.

En Asia ocurre algo similar. Socios clave de Washington como Japón, Corea del Sur y Australia están reforzando la cooperación regional y ampliando discretamente sus capacidades de defensa independientes. La suposición de que Estados Unidos siempre será el pilar de la estabilidad regional ya no se da por sentada.

Las guerras comerciales como herramienta de política exterior

El comercio ha vuelto a convertirse en una de las principales palancas de presión internacional de Trump. Aranceles amplios, sanciones selectivas y amenazas de exclusión de mercados se utilizan no solo con fines económicos, sino también como instrumentos de poder geopolítico.

Las principales economías enfrentan ahora un sistema comercial global más fragmentado. Las cadenas de suministro se están reconfigurando para reducir la exposición a cambios bruscos en la política estadounidense, mientras los bloques comerciales regionales adquieren mayor relevancia como escudos frente a los aranceles de Washington.

Este enfoque ha debilitado el papel de las instituciones globales de comercio. Los mecanismos de resolución de disputas basados en reglas pierden peso frente a negociaciones bilaterales dominadas por la asimetría de poder. Para las economías más pequeñas, esto se traduce en menos protección y menor capacidad de negociación.

Instituciones multilaterales en pérdida de relevancia

Las organizaciones internacionales que durante décadas sostuvieron la gobernanza global atraviesan dificultades para adaptarse a la nueva realidad.

Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio y otros organismos multilaterales enfrentan una menor implicación de Estados Unidos, incertidumbre financiera y un escepticismo abierto desde Washington. La administración Trump percibe estas instituciones menos como espacios de cooperación y más como límites a la soberanía nacional.

A medida que la influencia estadounidense se reduce dentro de estos organismos, surgen vacíos de poder. Otros países intentan ocuparlos de forma selectiva, pero sin la capacidad ni la voluntad de sostener reglas universales. El resultado es un sistema internacional más fragmentado y menos coherente.

La diplomacia sustituida por la política de presión

El estilo diplomático de Trump prioriza la presión sobre la mediación. Las negociaciones se plantean como juegos de suma cero, con amenazas públicas que a menudo preceden a las conversaciones privadas.

Este enfoque ha transformado las normas diplomáticas. La diplomacia discreta, la construcción de confianza a largo plazo y los canales informales están siendo reemplazados por ultimátums públicos y cambios abruptos de postura. Aunque este método puede generar concesiones puntuales, también aumenta la volatilidad y la desconfianza.

En regiones ya marcadas por la inestabilidad, la ausencia de una diplomacia sostenida eleva el riesgo de errores de cálculo. Los aliados temen que las crisis puedan escalar rápidamente sin mecanismos fiables de gestión de conflictos.

La erosión del poder blando de Estados Unidos

Más allá de las políticas concretas, el segundo mandato de Trump ha acelerado la erosión del poder blando de Estados Unidos: su capacidad de influir a través de valores, cultura y legitimidad.

La imagen de Estados Unidos como defensor de la democracia y de las normas internacionales se ha debilitado. Mensajes inconsistentes sobre derechos humanos, aplicación selectiva del derecho internacional y una fuerte polarización interna han reducido la autoridad moral de Washington en el exterior.

Esto ha abierto espacios para que potencias rivales amplíen su influencia, especialmente en regiones donde la percepción es tan importante como el apoyo material. Incluso donde Estados Unidos mantiene una clara superioridad militar, su capacidad para moldear narrativas y normas está disminuyendo.

Implicaciones financieras y para los mercados

Los mercados globales también están reaccionando a la reconfiguración del orden internacional. El aumento de la incertidumbre política ha contribuido a la volatilidad cambiaria, a movimientos en los flujos de inversión y a mayores primas de riesgo en los mercados emergentes.

El dólar estadounidense sigue siendo dominante, pero la preocupación por el uso del sistema financiero como herramienta política está llevando a algunos países a explorar alternativas. Aunque estos esfuerzos aún son limitados, reflejan un deseo creciente de reducir la dependencia de decisiones unilaterales de Estados Unidos.

Para las empresas multinacionales, la planificación a largo plazo se ha vuelto más compleja. La imprevisibilidad regulatoria, las barreras comerciales y el riesgo geopolítico son ahora factores centrales en las decisiones de inversión.

Un mundo que se adapta a la imprevisibilidad

Una de las consecuencias más relevantes del segundo mandato de Trump es la normalización de la imprevisibilidad en los asuntos globales.

Los gobiernos ya no asumen la continuidad de las políticas más allá de horizontes cortos. La planificación de contingencias, la diversificación de alianzas y la estrategia de “cobertura” se están convirtiendo en prácticas habituales.

Este entorno favorece a los países con instituciones flexibles y economías diversificadas, mientras que los Estados más vulnerables enfrentan una mayor exposición a shocks externos. La brecha entre países resilientes y frágiles se amplía.

¿Colapso o transformación del orden global?

A pesar de la preocupación generalizada, el orden global no está desapareciendo, sino transformándose.

El sistema liberal internacional liderado por Estados Unidos que dominó finales del siglo XX está dando paso a un escenario más fragmentado y multipolar. El poder se dispersa, las reglas se vuelven menos uniformes y las dinámicas regionales ganan protagonismo.

Trump no es el único responsable de este cambio, pero su liderazgo ha acelerado tendencias que ya estaban en marcha. Al rechazar el papel de gestor del sistema, Estados Unidos obliga a otros actores a asumir funciones para las que no existen marcos compartidos claros.

Qué viene ahora

Al iniciar el segundo año de su mandato, la dirección es cada vez más evidente. La administración muestra poco interés en restaurar las alianzas tradicionales o en reconstruir consensos multilaterales. En su lugar, apuesta por un mundo de acuerdos bilaterales, nacionalismo competitivo y compromiso selectivo.

Si este enfoque será sostenible a largo plazo sigue siendo una incógnita. Aunque puede ofrecer ventajas tácticas, los costos estratégicos —aislamiento, pérdida de influencia e inestabilidad global— resultan cada vez más visibles.

Para el resto del mundo, el desafío es adaptarse. Los países deben desenvolverse en un sistema donde el poder pesa más que las reglas y donde la previsibilidad ya no puede darse por sentada.

Conclusión

Un año después del regreso de Trump al poder, el orden global atraviesa una prueba profunda. Las alianzas se debilitan, las instituciones pierden fuerza y las viejas certezas sobre el liderazgo estadounidense están siendo cuestionadas.

Trump no solo está perturbando el sistema internacional, sino que lo está remodelando de formas que podrían resultar irreversibles. Si esto conduce a un mundo multipolar más equilibrado o a uno más inestable y fragmentado dependerá de cómo respondan otros países.

Lo que sí parece claro es que la era del orden global liderado automáticamente por Estados Unidos está llegando a su fin. En su lugar surge un escenario más incierto y disputado, en el que cada país deberá replantear su posición, sus alianzas y sus expectativas en un mundo cada vez más distinto al que conocía.

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